No me he ido ni os he abandonado

Sólo es que el tiempo se me escurre entre el Festival de Gijón y los preparatorios del viaje de la Orquesta de Siero a Marruecos. Por cierto, nos podremos encontrar en el blog de Vínculos donde trataré de poner algo si el tiempo -en ausencia- no lo impide: http://ocasvinculos.wordpress.com/

En cualquier caso, en cualquier circunstancia, aquí nos volveremos a ver.

Buen verano.

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Entreacto

Hoy va la cosa de un relato antiguo, lo escribí para un concierto de la Orquesta de Siero que mezclaba músicas con historias e Historia de la Música. Pues lo que sigue es un suceso real que nos llegó por el flautista pero de forma muy escueta, sin detalle alguno, y como me parecía muy impresionante me puse a recrear todo el paisaje físico y emocional de un momento en una cuidad que conocí hace años y que nos recibió gris y nos despidió gris.

Para disfrutarlo, nada más terminar de leer el relato hay que escuchar la música del video que es la misma que, orquestada, tocábamos en aquel concierto; se recomiendan auriculares y modo pantalla completa. Las fotos del video tienen que ver con el tema de la música: la mujer, así que aparecen varias buenas amigas que se han dejado retratar. Que lo disfrutéis que me parecía oportuno este entreacto para cambiar de aires:

De esos días pesadamente grises que tan frecuentemente atenazan Viena, era uno de esos días en que en la estrecha callejuela del Pater Noster no lograba amanecer. En mañanas así la única alegría del lugar emanaba de la tienda de música del viejo Haslinger. No resultaba en absoluto difícil ver entrar en aquel entrañable local al señor Beethoven y menos aún comprobar cómo el callejón, oprimido tantas veces por la niebla, se iluminaba de pronto con músicas que allí parecían sonar aún más bonitas. Tobías Haslinger era conocido y reconocido en toda la ciudad por ser un gran editor y un destacado protector de los jóvenes músicos.

De aquella oscuridad, sólo mitigada por el brillo del pavimento mojado, surgió la figura esbelta de un hombre, era Josef Fahrbach el gran virtuoso de la flauta; el viejo Tobías levantó sus ojos y estos se encendieron al instante. Con el rostro feliz y una mezcla de admiración y afecto invitó inmediatamente al elegante joven a superar los dos escalones que daban acceso al despacho.

Departieron un buen rato con esa complicidad no pactada de la que gozan los buenos conversadores y cuando se disponían a abordar el asunto que les había juntado allí, que no era otro que el programa del concierto que el joven Fahrbach debía ofrecer en unas semanas, el viejo Tobías, con un leve gesto de látigo, clavó sus ojos en la entrada y con una agilidad que sorprendió al flautista se levantó hacia la puerta que daba acceso a la tienda. Allí dejó que se le instalara súbitamente un semblante sombrío que ni pudo ni quiso disimular.

Una voz delicada, más por fragilidad que por timidez, preguntó: “¿Ha tenido tiempo de ver mis canciones, Her von Haslinger?”.

Inmóvil, el viejo Tobías, sin soltar la puerta y sin descender los dos escalones, espetó con palabras áridas e implacables que no las había visto y que no tenía ninguna intención de verlas y que ya estaba harto de verle merodeando por allí a todas horas.

Josef Fahrbach hubo de inclinar levemente la cabeza para ver por debajo del brazo del viejo Tobías la figura mal vestida de un hombre joven de cara muy pálida que miraba de abajo a arriba con ese gesto de angustia que los labios imponen cuando se van hacia atrás y dejan al descubierto los dientes apretados. A ambos lados de su brazo izquierdo se distinguía una partitura manuscrita con las esquinas ya dobladas.

Tobías Haslinger no quiso ver cómo aquél joven enfermizo regresaba apresuradamente a la oscuridad de la callejuela del Pater Noster, ni cómo se alejaba mirando la imagen rota que de sí mismo le devolvían los adoquines mojados, ni cómo las esquinas dobladas de sus papeles se iban reblandeciendo con la niebla, ni cómo temblaba sin que se acertara a saber si era de frío o de una nueva dosis de desesperación que bien pudiera ser ya la última.

No, Tobías Haslinger no quiso ver nada y volvió con Joseph Fahrbach, renegando hacia el suelo del maldito día en que se le ocurrió ofrecerle un chelín por cada canción que aceptara de aquel individuo. El flautista preguntó entonces al viejo Tobías que quién era, éste torció la boca, con voz aún agria soltó un monosílabo de desprecio y añadió: “Franz Schubert”.

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Manual de estilo

Quién sabe si es un mecanismo de defensa pero, a veces, cuando la mente precisa alivio lo busca proyectando imágenes como para liberarse de ellas, o quizás lanzándolas como cortina de humo para que la realidad no se ponga delante tan cruda y tan definida; el caso es que después de perder ese dedo, por la cabeza no dejaron de pasarme ideas, conceptos, historias, sin saber a ciencia cierta si de verdad estaban saliendo de mi cabeza o, sencillamente, la atravesaban unas veces de atrás adelante y otras de delante atrás.

Con un hecho así, el tiempo se te para en seco y es como si en vez de moverse, fueras tú el que transita por él, como las ideas, de atrás adelante o de delante a atrás; será también un mecanismo de defensa. Las ideas son siempre un buen mecanismo de defensa y pasaban muchas a partir del accidente -para qué vamos a ser modestos a estas alturas, algunas me parecían interesantes- y pensé que era una pena que no intentara fijar al menos parte de ellas.

Durante unos días le di vueltas al posible formato y al fin llamé a mi hermana: Estaba pensando en hacer un blog, lo llamaría Historia de un dedo, ¿qué te parece la idea?. No había pasado media hora de la conversación y recibo una llamada… de mi hermana: “Ya tienes configurado el blog, sólo tienes que meter el texto, venga…”.

Antes de colocar allí una sola letra correspondía organizar la estructura, aunque luego se cambiara había que hacerlo, y sólo tenía una historia clara, la primera, todo lo demás merodeaba en la mente mezclado con la otra vorágine de ideas y de caminos en el tiempo adelante y atrás. Caí entonces en esa imagen que tanto me gusta, también estéticamente, de una vía de tren entrando en zona de maniobras y que se dobla y desdobla fabricando paralelas, ángulos, agujas… Conozco bien ese paisaje: lo recorría a diario con la guitarra para ir a las clases con la hermana Mariluz por el atajo que evitaba la vergüenza de aquellos tiempos.

Parecía eficaz porque se ordenaba solo: todas las historias nacerían de la vía principal, algunas volverían a ella, otras, como esta misma, se consumirían en vía muerta, y todas recorriendo momentos muy distantes que el tiempo, siempre tan caprichoso, se empeñaba en colocar en paralelo; y cada vía albergaría una historia que, siendo paralela, se sentía independiente. Ya tenía estructura.

Y aún antes de poner esa primera letra había que definir también un manual de estilo literario. Quería ser muy directo, conciso, y pensé que si en cada párrafo prescindía del punto y seguido y del punto y coma me obligaría a concretar, a recortar al límite el borde de las ideas; además, de esta manera correría mucho menos riesgo de hacer el ridículo, que eso ocurre cuando los intentos literarios se quedan en intentos. Y así fue y así empecé como se podrá comprobar en los relatos primeros de evidente contención retórica.

Pero la historia encajaba entre los lectores -esperados e inesperados-  y eso me hacía correr más riesgos así que empezaron a hacerme falta más signos de puntuación. Echaba especialmente de menos el punto y coma; un día oí decir a Juanjo Millás que poner un punto y coma implicaba siempre reflexión y creo que es rigurosamente cierto, además, abordar cada nueva entrada requería cada vez más reflexión impuesta por los atrevimientos literarios.

Como me gustaba que el texto no perdiera nunca el carácter de relato había que resolver el asunto de las citas literales y se me ocurrió que sólo pondría comillas cuando hablaran otros, de paso la lectura no se trabaría que bastante la ralentizo yo con los abundantes signos de puntuación que coloco para que estas cosas se lean como yo leo, esto es, con calma, a digestión lenta.

Seguramente la razón de ser -emocional- de este blog se presenta en el mismo momento del accidente, recién caído en el suelo sujetando la mano herida con la derecha y sujetando también la realidad para que no se me escapara, en ese instante 0+10 segundos una pregunta me atravesó la cabeza de atrás adelante y en todas las otras direcciones posibles: ¿Cómo cuento yo esto a mi gente?.

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Camporro, Daniel

“Camporro, Daniel Camporro, así se llama, es el jefe de plástica del hospital, un cirujano excelente, de lo mejor, y especialista en manos; hazle una llamada al móvil, la está esperando”, Pero ya tengo cita la semana que viene, “Da igual, llámale en cuanto puedas sin problema que como te digo, espera tu llamada”. Eso me contaba una buena amiga que conocía bien al Doctor Camporro. Era el día +5.

¿Doctor Camporro?, “Sí, dígame”, Soy Manuel Paz, llamo de parte de Sara, es que he tenido un accid… “Sí, ya sé, pase el lunes por la consulta, a primera hora”, Tengo cita para el viernes, “Pero no vamos a esperar, pase el lunes, lo vemos y hablamos”, Bien, muchas gracias.

Daniel Camporro camina siempre con paso firme, como cuando uno sabe seguro a donde va y no hay muchas cosas que merezcan contemplación, así que la bata blanca se le acampana un poco hacia atrás por efecto del aire. Detrás de las gafas hay unos ojos que miran muy fijos sin incomodar y encima -de los ojos- se dibuja un pelo liso aflequillado que le confiere a la cara cierta atemporalidad, así que si alguien me preguntara por la edad diría que entre 17 y 47 años.

¿Daniel? -Garay, mi traumatólogo bilbaíno de cabecera- “Sí, ¿qué tal estás?”, bien, animado, acabo de salir de la consulta con el cirujano, Doctor Camporro, y se llama como tú, “¿Y qué te ha dicho?”, Que lo van a estudiar a fondo, que la intervención es complicada porque si al menos tuviera la mitad de la segunda falange… “Pero está casi al ras de la articulación, sí, complicado, pero ya está bien que no lo descarten, es que alguna posibilidad le ven”, Vuelvo la semana que viene, ya te llamo con lo que me digan.

Detrás de la mesa miraba fijo sin que le pudiera contar no más de media docena de parpadeos y calculé que con aquel hombre no había lugar ni para las pausas ni para las prisas. “Esto no se ha hecho nunca aquí, hay un cirujano en Taipei que sí ha implantado algún meñique; en Santander está el Doctor Piñal, tiene mucha experiencia y estamos en contacto con él habitualmente; y nosotros, son las opciones que tienes”, Vosotros, vosotros, que ya sé de lo que sois capaces.

¿Daniel?, “¿Qué te han dicho?”, que lo pueden hacer, “Bien, ¿y te hablaron de las posibilidades de éxito?”, me preguntó si fumaba o si había fumado, al decir que no me dijo que del noventa por ciento “¡Mecagüen… menuda seguridad que tienen!, en fin…”, Bueno, ya te sigo contando.

Tampoco le sobran ni le faltan palabras y uno duda de que este hombre haya tenido alguna vez alguna duda, ”Entre 8 y 10 horas dependiendo de cómo se nos dé”, ¿Con anestesia general?, “Claro, en todo ese tiempo no podemos estar pendientes del paciente” Bien. “Te quedará totalmente activa la primera articulación pero la movilidad en las articulaciones del implante está casi imposible”, Pero la primera es la más importante para tocar la guitarra, con esa me valdría, “Además, será un dedo feo, que es del pie”, no era momento de gracietas así que lo pensé pero no lo dije: mientras no huela…

Hola Daniel, “¿Qué hay de nuevo?”, Varias cosas, me implantarán el segundo dedo, aún no sé si del pie izquierdo o del derecho, “Bueno, bueno…”, Ya sabes, una operación con microscopio. ¿Qué dicen los de plástica de tu hospital? “Que es complicada la intervención, aquí no la harían…”, Oye Daniel, ¿cómo ves esto? “¿Sinceramente?”, Sí, “Pues una aventura, pero como los veo tan seguros tienes que estar tranquilo”, Estoy, estoy, además, no tengo otra salida si quiero tocar la guitarra y me la están dando.

En aquella habitación 115 con vocación de invernadero por prescripción facultativa entró el Doctor Camporro 5 días después de la intervención y se puso a quitar el vendaje como quien desenvuelve un regalo sabiendo que le va a hacer ilusión; mientras daba la última vuelta a la venda me pareció que no pudo disimular el orgullo: “He aquí un dedo, ¿qué te parece?”, Maravilloso.

Daniel… “Sí”, Camporro me acaba de quitar el vendaje y ya he visto el dedo completo y la mano, “¿Y cómo está?” pues inflamado, rodeado de suturas, pero, increíblemente, con el mismo color que los que llevaban ahí toda a vida, “¡Asombroso!”, ¿Te parece?, “Pues lo que te han hecho es un alarde de tal calibre… aquí están todos impresionados”, ¿En serio?, “Claro, es alucinante todo pero lo formidable es la seguridad que han tenido en todo momento. Con ese equipo y tu condición física y mental se han alineado los astros”.

Mirando mi mano delante del Doctor Camporro, contemplando aquellas suturas falsamente caprichosas que por sí mismas explicaban el prodigio médico y humano, pensé: ¡Qué grandes sois tú y tu equipo!.

(Mientras escribía esto, los días +117 y +118, las articulaciones del recién llegado, esas que era casi imposible que se movieran, se están moviendo, y con cierto desparpajo. ¡Qué cosas!.)

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Una entrevista

Hace unos días me entrevistaron en la TPA, y aquí está tras ser capturada por mi hermana. Que la disfrutéis.

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Cómic 9 y 10

Historia de un meñique - 9

Historia de un meñique - 10

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Comentarios

Desde el primer momento del primer día en que apareció aquí el primer texto no han dejado de llegar palabras que no he podido agradecer como se merecen porque hacerlo a ese nivel me llevaría un tiempo imposible.

Algunos ya sabéis que a medida que pasa el tiempo y el número de personas que nos encontramos aquí aumenta me va costando más y más escribir cada entrada porque la responsabilidad de que lo lea tanta gente me rodea.

Pero justo hoy, día +100, han pasado dos cosas singulares -habría que añadir el Cómic de Fernando- que me han llevado a realizar el presente agradecimiento colectivo. Por una parte, he recibido un poema de mi buen amigo Ángel Casado, está en “Sobre mi”, y me ha sobrepasado porque ¿cómo agradece uno que le escriban un poema?. Por otra, he sabido que mañana el escritor Pepe Monteserín, tan grande como próximo (conocí a Pepe personalmente hace 3 días y medio y me parece que ha estado ahí media vida), dedica su tira diaria en La Nueva España “La mar de Oviedo” a esta historia, hasta mañana no sabremos si es sobre mi, sobre el dedo, sobre este blog, da igual ¿cómo puedo agradecer algo así de un profesional de los equilibrios de la palabra?.

¿Cómo puedo agradecer todos los textos que han llegado?, todos sumamente importantes, unos, simples ánimos que por directos han sido imprescindibles; otros por alentar y responder a esa arma tan poderosa que he tratado de desplegar aquí: el humor, ya fuera negro o del color del vino clarete corriente; otros más, rememorando momentos compartidos vitales para los que allí estábamos y que la perspectiva han convertido en un bálsamo para la herida.

Espero que no me quede ninguna modalidad de comentario recibido que sería injusto que uno solo de los que han escrito no se viera reflejado.

Desde que inaugurara la tanda de lágrimas en aquel quirófano de urgencias nada más decirme que había una ventana abierta de color verde, los alivios continuados los he encontrado aquí, o en el correo, o en el teléfono, al principio dejando que el cariño me desbordara los ojos, que uno no se explica cómo pueden caber tantas toneladas de presión en tan pocos milímetros cúbicos de líquido; después caminando sobre esa alfombra acolchada en que habéis convertido vuestra presencia.

Gracias.

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