Regreso por Mostar

Llevaba tiempo, mucho tiempo, queriendo volver aquí pero no encontraba un respiro para hacerlo. Hoy me dije: de hoy no pasa, y aquí estoy retomando un camino, y esta vez lo hago pasando por Mostar, Bosnia, subyugante lugar que visité hace un tiempo. Lo de pasar por esa ciudad en este regreso tiene que ver con un texto que acabo de leer de una buena amiga sobre Bosnia y su entorno geográfico e histórico. En cuanto a la relación que Mostar tiene con el dedo, pues no es mucha la verdad, pero quizá suficiente: la máquina que hizo las fotos la sujetaba una mano con el dedo del pie. Además, esa ciudad se me metió en la médula, así que dedo y ciudad comparten sistema nervioso. Tengo ganas de volver a Mostar y hoy lo hago un poco copiando aquí textos y fotos de una visita sobrecogedora.

Mostar 1

20 años es muy poco para una guerra. La gente te la cuenta en primera persona. Y no son abuelos ni gente de rostros marcados, son gente joven, muy joven. No sé si es que quieren olvidar. O que prefieren dejar dormidos los resquemores a flor de piel. No vaya a ser que si se rascan ya no puedan parar. O, lo más probable: que quieran volver apresuradamente a aquella época de la convivencia, como digo, próxima. Pero la única diferencia que he podido encontrar en Mostar entre cristianos croatas y bosnios musulmanes son las esquelas. Las cristianas con el consabido recuadro negro y una cruz, también negra, tumbada y con una pluma encima. Las musulmanas con ese mismo recuadro en verde y una media luna, también verde. Pero con diseño exacto en el ancho del recuadro y en el tamaño de cruz y luna. Y, además, compartiendo espacio: unas y otras están juntas en paredes y tablones.Foto Mostar 1

Mostar 2

Una mujer joven, copropietaria del hotel, me contó que todo fue cosa de los políticos. Que las gentes se mezclaban, fueran serbios ortodoxos, croatas católicos, o bosnios musulmanes. Pero quisieron trazar líneas: “Es como mezclar leche, vino y agua y después inventar una frontera para separar cada cosa”. Los dirigentes bosniocroatas, al mando de Slobodan Praljak, ordenaron bombardear el puente otomano hasta que calló el 9 de noviembre de 1993. Antes, las gentes que usaban aquel puente, que lo amaban, intentaron de todo para salvarlo. Con una mezcla de ingenuidad y esperanza, ambas infinitas, colgaron neumáticos de la baranda de piedra del puente esperando que los proyectiles de mortero rebotaran en el caucho. Así que las imágenes del bombardeo del puente conmueven aún más porque las bombas pudieron con los neumáticos ingenuos, con la esperanza y con el puente en 3 días. Por eso no me atrevo a recomendar que se vean porque producen tanta rabia, tanto desasosiego que si nos dejamos llevar por esas emociones Slobodan Praljak y sus secuaces estarán ganando un poco aún hoy. Qué absurdamente simples han sido quienes pensaron que si rompían un puente rompían todas las cosas que une. Pues destruyeron ese y los otros cinco que unían las dos orillas de ese río fascinante que es el Neretva. Poco consuela que Slobodan Praljak se pudra en la cárcel por crímenes de lesa humanidad. Pues me gustaría preguntarle con inequívoco acento irónico: ¿Qué…¡ estarás muy orgulloso de haberte cargado los puentes, no¡?, ¿Conseguiste lo que querías?. La mujer del hotel me ha dicho: “Ahora nos casamos unos con otros con total normalidad”.

 

 

Mostar 3

La pasarela provisional que volvió a unir las dos orillas del Neretva y que volvió a unir a las gentes poco a poco lo construyeron los zapadores del batallón de cascos azules españoles. En Mostar todo el mundo les recuerda con un respeto y un cariño que se extiende a todo aquel que por allí pasea con acento español. El capitán Pina, buen amigo, me contó que él estuvo allí y que pacificar aquella ciudad se lo encargaron a los españoles porque esa misión era especialmente difícil, que no había dos enemigos, sino tres. Me contó que las fuerzas francesas o las americanas destacadas en Bosnia llevaban allí hasta la leche, en aviones desde Francia. En cambio, el primer destacamento que las tropas españolas desplegaron en Mostar fue un grupo de veterinarios que examinaron todas las granjas en 50 kilómetros a la redonda para abastecer con garantías a todo el contingente español. Así pues, leche, carne, verduras y hortalizas se compraban en las granjas de Mostar. Con esa medida, no exenta de riesgos, los cascos azules españoles se metieron en el bolsillo a la población civil en un suspiro. Lo siguiente fue sentar en una mesa a los dirigentes serbiobosnios, bosniocroatras y musulmanes bosnios después de que se hubieran acribillado durante 3 años. Y lo hicieron, en el sentido literal: en una mesa con mantel, y comida española. Me decía el capitán Pina que los encargados de reconstruir emocionalmente Mostar calmaban a los enemigos, aún calientes, y ansiosos por iniciar el proceso: “Ahora vamos, pero antes comeremos algo que el día será largo”.Pasarela Puente de Mostar

Foto Mostar 2

Mostar 4

O quizás 20 años no sean tan pocos si hay voluntad de construir. Y entonces igual se curan antes las heridas de la piel que las de las balas. Porque Mostar muestra un sin fin de edificios dramáticamente marcados. Algunos en la fachada. Otros totalmente. Un paseo me puso los pelos de punta: no hay término medio, o la fachada está impoluta o está taladrada. Eso te indica qué edificio fue restaurado o recién construido y cual no. Y unos y otros te los encuentras aleatoriamente. Y eso te indica que la ciudad fue acribillada totalmente.Foto Mostar 3

Mostar 5

El caminar me llevó por una de las dos calles principales de la ciudad -una a cada lado del río-. Me topé con el esqueleto de un gran edificio. Supe que era un centro comercial que en paz descansa -la paz de los muertos-. Con media congoja en el estómago y otra media en los ojos lo rodeé. Su fachada trasera era un catálogo minucioso de calibres de munición: Desde dos impactos de misil que reventaron los hierros del hormigón armado hasta los cientos de subfusil que aún entraron cinco centímetros en la piel del edificio. Demasiado estremecimiento como para indagar lo que había dentro. Me conformé con el alivio de los árboles que asomaban sus ramas por las ventanas.Foto Mostar 5

Foto Mostar 4

Mostar y 6

Qué cosas: los cementerios musulmanes se parecen aquí a los católicos. Pero la torre de la gran iglesia, aquí, tiene vocación de minarete. Efectivamente, en Tánger, o Rabat, los cementerios están en medio de la ciudad, como aquí. Pero aquí los muertos musulmanes -como los cristianos- tienen un cobijo de piedra tallada, no en la pura tierra. Además, la tumba culmina en un monolito con los datos del finado y la fecha de la muerte. En casi todos ellos figura 1993. Si no te fijas bien, la torre de la iglesia, tan fina y tan desproporcionadamente alta, te parecerá la de una mezquita. Solo dos cosas aclaran la posible confusión: su planta cuadrada y que la remata una cruz. Quizás aquí le gustaría a Muñoz Molina preguntarse una vez más eso de: ¿Por qué lo que nos separa tiene más importancia que lo que nos une?, o: ¿Por qué lo que heredamos es más importante que lo que aprendemos?.Foto Mostar 6

 

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