Llegar a diario al colegio de Santullano suponía toda una proeza humana porque lo hacía en bicicleta y si las rampas primeras nada más coger el ramal ya eran duras la última no tenía nada que envidiar al 17% del puerto de Pajares, así que la inmensa mayoría de las veces -en realidad todas salvo dos o tres- en esa última cuesta ponía pie a tierra.
Caminando con el cuerpo bien echado hacia adelante sobre el manillar de la bici para contrarrestar la pendiente, la línea del pequeño horizonte que fabricaba el cambio de rasante bajaba poco a poco dejando ver la entrada del colegio y la escena que era la misma: un tropel de chicos que se iban acercando a la puerta; todos me rodeaban en cuanto la traspasaba. Casi todos estaban allí todos los días pero Lolo estaba siempre.
Lolo tenía la mirada más sincera que he visto nunca, además le infundía -a la mirada- una intensidad que daba trascendencia a todo lo que hacía o decía, estaba trascendente hasta cuando se quedaba quieto. Pasado un tiempo -bien poco- yo ya no acertaba a ver en su cara otra cosa que no fuera aquella mirada sincera y su trascendencia aparejada, los rasgos característicos del síndrome de Down quedaban muy en segundo plano. Un día le dije: Lolo ven acá que tienes un cuello de la camisa para adentro y otro para afuera, y allí rodeado de chicos por todas partes me puse a igualarle los cuellos de la camisa, entonces Lolo se quedó quieto, estiró el cuerpo todo lo que pudo y se me quedó mirando fijamente a los ojos con mucha más solemnidad que con la que se recibe la medalla al mérito en el trabajo o mismamente el Nobel de economía.
Cada vez que Lolo vestía jersey y camisa lograba sobreponerse al tumulto para ponerse delante de mi con la mirada directa -y solemne-, la boca un poco apretada y un cuello para adentro y otro para afuera; yo sabía entonces que en ese mismo momento tenía que entregar un Nobel y en el proceso no podía tardar menos de un minuto, si no Lolo apretaba mínimamente el ceño con un leve gesto escéptico y: “¿Seguro que ya está bien?”, no Lolo, tienes razón, no está bien del todo, y agotaba yo el minuto ajustando primero la camisa al cuello con un par de toques y planchando después los cuellos con los dedos.
En aquella mítica tormenta musical Lolo pronto tomó el relevo a Juan en el bombo. Era destino natural, los truenos en una tormenta son siempre trascendentales y nadie como él podía darles ese carácter. La señal para lanzar un trueno tenía que anticiparla lo suficiente porque a partir de ahí primero mordía el labio inferior, después respiraba profundamente varias veces, seguidamente apretaba los labios y, finalmente, y sin haberme quitado los ojos de encima ni un solo instante, empuñaba varias veces la maza del bombo exactamente como hace Nadal con la raqueta antes del saque, y soltaba el trueno, siempre trascendental.
Nada había más bonito que darle la señal a Lolo para un trueno, sentía un nivel de complicidad muy difícil de alcanzar. Me intrigaba y aún me intriga qué le pasaría por la cabeza en aquellos instantes y si se daba cuenta de que yo estaba aún más fascinado que él, pero estaba y estoy convencido de que aquello era profundamente importante. Aún hoy su actitud es para mi una referencia cuando en el aula me corresponde relativizar la dimensión que la música alcanza en el alumno que tengo delante.
Nunca supe más de Lolo y espero que, en todo este tiempo, alguien se haya dado cuenta de que siempre que vista camisa y jersey seguramente no se olvidará de colocar un cuello dentro y otro fuera y entonces corresponde entregarle un Nobel.
Otro Lolo con 12 años y sus cuellos
